miércoles, 15 de marzo de 2017

Perdonar y olvidar

Salmo 103:10 No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.
Cuando Roberto forzó a su hermanito a soltar las barras de la estructura donde jugaba, no pensó en el daño que le haría. Lo único que le importaba en ese momento era librarse de él para poder jugar con sus amigos. Pero cuando su hermanito se cayó desde la parte de arriba, pegó tres barrotes antes de caer en la arena. Una semana después de la caída, todavía tenía un chichón en la cabeza y la perspectiva de cinco semanas más con la pierna enyesada.
El hermanito no le habla a Roberto. A veces papá y mamá le gritan a Roberto, a veces le clavan la mirada enojada y silenciosa. Cuando Roberto se acuesta de noche, llora hasta dormirse, y está empezando a dudar de que alguien todavía lo quiera. Hasta duda de que Dios lo pueda perdonar por lo que hizo.

Roberto se siente confundido. Ha causado a su familia y se ha causado a sí mismo mucho dolor. Roberto está preocupado de que su pecado sea demasiado enorme para que Dios lo perdone. No obstante, la verdad es que Jesús vino al mundo
para morir por los pecados de Roberto —todos ellos— incluyendo el mal que le hizo a su hermanito.

Si quieres medir el tamaño enorme del perdón de Dios, observa la vida del rey Manasés, uno de los reyes más malos de Judá. Manasés le dio la espalda a Dios y condujo a la nación a adorar a dioses falsos (ver 2 Crónicas 33:1--9). Cuando los enemigos de Judá lo capturaron junto con el resto de la nación, Manasés se humilló ante Dios y oró (ver 2 Crónicas 33:12, 13). A pesar del pasado maligno de Manasés, Dios lo perdonó. Sin duda, Manasés habrá vuelto a su hogar considerándose como Dios lo consideraba: digno de ser perdonado.

Si Dios pudo perdonar los pecados asombrosos de Manasés, es seguro que Roberto puede contar con la habilidad de Dios para perdonarle los males que ha hecho.

Tarde o temprano, la mayoría nos vemos como Roberto, creyendo que no es posible que Dios nos pueda perdonar. Pero lo que importa es cómo nos ve Dios. El rey David cometió serios pecados. Pero como escribió en el pasaje que leíste, la inmensidad del amor de Dios significaba que podía ser perdonado. David se aferró al perdón ilimitado de Dios y descubrió el valor que Dios veía en él.

El perdón de Dios es como una cuenta de banco ilimitada. Cuando pecamos, siempre hay bastante dinero en la cuenta de Dios para cubrir cualquier retiro que hagamos. La verdad es que no podemos vaciar la cuenta del perdón de Dios. Cuando nos valemos de los recursos de Dios, no emitiremos un cheque sin fondos. Él perdona cada pecado del cual nos arrepentimos y que le confesamos.



Por Josh McDowell



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